Honduras, capital Tegucigalpa.

Desde que somos pequeños no hemos hecho más que aprender. Como pequeñas esponjas ávidas de conocimiento. Nos hemos cultivado cada día con el objetivo de enriquecer nuestro background, como dirían algunos.

En el colegio se nos enseña que Madagascar es una isla en el sudeste africano, que dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno crean una molécula de agua, que Tegucigalpa es la capital de Honduras, que los arácnidos son animales invertebrados o que pirámide es una palabra esdrújula.

Aprendemos geografía, matemáticas, historia, física o biología. Pero también muchas otras cosas más, como que se circula por la derecha, que hay que dejar salir antes de entrar, que debemos levantarnos en el metro y ceder nuestro asiento a una persona mayor o a una embarazada. Se nos inculcan valores como la libertad, la igualdad de oportunidades, el respeto, la solidaridad o la diferencia entre igualdad y equidad.

A priori, una fuente de conocimientos que nos permitirá alcanzar aquello que deseemos.

Pero no se nos enseña a tomar decisiones, a creer en nosotros mismos, a ser fieles a nuestros principios y convicciones, a luchar sin miedo, a valorar cada instante de vida o a apreciar cada soplo de aire fresco.

No se imparte ninguna asignatura sobre la vida, sobre cómo enfrentarse a determinadas situaciones. No se nos enseña que la vida es una constante toma de decisiones, ni siquiera se nos dan pautas sobre cómo gestionar el éxito y el fracaso. Tampoco se nos advierte de que experimentaremos el amor y el desamor. Que infinidad de personas pasarán por nuestras vidas, pero muy pocas dejarán huella. No se nos avisa de que la vida es una carrera de obstáculos, pero que cada salto merece la pena, aunque tropecemos y debamos saltar mil veces más.

Porque de la vida no podrían hacerse libros de texto. Tan sólo hay clases prácticas, que ni siquiera son en un laboratorio.

Viviendo descubres que la injusticia, el mal, el dolor, la mentira, el miedo, la violencia y el hambre existen. Pero a la vez, experimentas el amor de los tuyos, la alegría, la solidaridad y la entrega. Sientes que el amor existe.

Ves la ilusión en el brillo de los ojos de una pareja que espera a su primer hijo, la ternura de un abuelo que lleva al parque a jugar a su nieto, la fascinación de un niño cuando descubre algo nuevo, el desvelo incondicional de una madre por su hijo, el amor verdadero en una pareja que antepone la felicidad del otro a la suya propia.

Entonces entiendes el verdadero significado de todo. La importancia de vivir sin que sea un puro trámite. Reconoces que no se puede vivir cada lunes deseando que llegue el viernes, y desperdiciando cuatro días cada semana.

Aprendes que no puedes actuar para no decepcionar a los demás, ni para que estén orgullosos de ti. Porque verdaderamente te das cuenta que debes escucharte por dentro y hacer realidad lo que te grita tu interior, porque de lo contrario, no eres sino infiel a ti mismo. Porque siempre se esperará de ti algo distinto a lo que eres. Vivirás por otros, como una marioneta a merced del viento.

Lo distinto, siempre asusta. Lo que se sale del camino alarma. Y si no, que se lo pregunten a Copérnico o a J.K. Rowling. Nadie daba un duro por ellos.

Cierto es que cada uno contamos con distintas cartas, pero la tarea de ejercer de croupier es nuestra.

Quien te acompañe en cada uno de los pasos que des, será partícipe también de cada uno de tus logros. Será testigo de que la felicidad se construye día a día, que está presente en cada uno de los ámbitos de la vida. No viene y se va. La felicidad se alimenta, se cuida, se trabaja, se enriquece.  Pero lo mejor, es cuando la felicidad se contagia.

Así que ya saben, lean, lean mucho y aprendan más. Forjen su personalidad.

Pero para la vida, dejen los experimentos con probetas para los científicos, y apuesten por el trabajo de campo.

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Porque la vida, en el fondo, requiere un punto de locura.

 

by MdeMartina

Foto: vía Pinterest

 

 

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