Disparatadamente, a contracorriente.

Era domingo por la mañana, y hacía un tiempo de ese que firmarías para los 364 días del año restantes. Paseaba de camino al sitio dónde había quedado para comer cuando, de repente, me distrajo el clamor de unos niños jugando en un parque, justo en frente de la calle.

Me empecé a acordar, entonces, de las rodillas con tiritas, de las noches sin dormir esperando al ratoncito Pérez, de los bocadillos de nocilla de merienda y de las murallas con foso incorporado junto a la orilla.

Hace tanto tiempo de aquello y, a la vez, tan poco que, curiosamente, sigo sintiendo a aquella niña inquieta dentro de mí.

Es la que me hace ser espontánea, reírme sin importar lo alto que lo haga, la que me llena de energía, la que me alienta a hacer cosas disparatadas, la que me grita que improvise, que sonría por la calle sin ton ni son, la que me recuerda que no debo tener miedo a soñar despierta, contagiándome esa magia de ser siempre niños.

La que no tiene miedo cuando llega ese momento en la vida en el que todo se para de repente, sintiendo que el mundo sigue girando mientras permaneces quieta.

Un mapa en el suelo, muchos destinos distintos, y multitud de caminos por atravesar. Unos conocidos pero áridos y repletos de niebla y, otros, inciertos y con mucho por explorar.

Cuando te paras en mitad del camino, decidiendo no marchar hacia atrás, te enfrentas a la realidad, te haces valiente, te haces más libre y te das rienda suelta a ti mismo. Como quien deja a un pájaro salir de su jaula.

Nadie dijo que fuera fácil, pero he ahí el encanto de no saber qué nos deparará el minuto siguiente. Cuando te dejas sorprender por la vida, improvisas, abandonas los planes y los mapas, es cuando realmente vuelas. Cuando algo te quema por dentro, y te hace vivir con intensidad.

Todo puede cambiar de repente, pero no vive quién no toma riesgos. Quien no se atreve a asumir lo que su interior le ha susurrado siempre. No hay máscaras suficientes para disfrazar lo que nos dicta nuestra intuición.

Esa que nunca sacamos a la luz, la que nos libera, a la que siempre oímos pero olvidamos escuchar, la que nunca nos miente, pero asusta en más de un ocasión. Esa esencia tan nuestra, tan tuya, tan mía.

Con el paso de los años aprendí que el tiempo es la mejor medicina, la mejor perspectiva. El tiempo todo lo criba.

El tiempo regala, confirma y desmiente, el tiempo espera y desespera, da y quita, pero quita para dar.

Prueba y error. Pura ciencia social.

Una carrera de obstáculos, dónde no importa la velocidad, sino la actitud corriendo, dónde no hay árbitros que valgan, ni espectadores, tan sólo tu equipo, el que te animará incondicionalmente durante la carrera de fondo, y el compañero de al lado que correrá junto a ti y se parará, siempre, en cada uno de tus tropiezos para ayudarte a levantar y no seguirá corriendo sin ti.

Porque, a veces, no queda otra que tirarse a la piscina. Y no hay flotadores que valgan. Toca nadar, nadar mar adentro, con decisión y sin miedo. A pesar de las olas, buceando cuando vengan corrientes, confiando en que siempre se podrá acudir a la orilla. O, incluso, a un barco que, de repente, pase por allí.

La vida son instantes. Vivir. Esa es la respuesta mágica. Sin mapas ni señales. Tan sólo dejando salir a ese niño que todos llevamos dentro.

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Porque la felicidad no es la meta; es, siempre, el camino.

 

by MdeMartina

Foto: vía Pinterest

 

 

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